Lo que se sabe, se sabe, y lo que no, se inventa

La ciencia tiene las respuestas a muchas cosas. A muchísimas, y cada vez a más. Esto son buenas noticias, porque ampliando nuestro conocimiento se pueden solucionar multitud de problemas, desde curar enfermedades hasta conseguir dar de comer a más gente. 

Pero también hay muchas cosas que ignoramos y a menudo, cuando se resuelve algo, se generan aún más preguntas. Si consigues leer el genoma de un organismo, te preguntarás qué significa. Si logras saber lo que codifican algunos genes, te preguntarás cómo han llegado hasta ahí, y etc etc. Parece que no vamos a estar nunca satisfechos y es normal. 

Por un lado hay cuestiones que se resolverán tarde o temprano, invirtiendo tiempo y dinero en investigación. Por ejemplo, conocer los genomas de todos los organismos. Pero por otro lado, hay cosas que no parece que se vayan a poder resolver. Son cuestiones de tipo más metafísico, por ejemplo, qué había antes del Big Bang, cómo surgió la vida en la Tierra o cuántas civilizaciones existen en el Universo.

O si algún día nos visitarán...


Muchos de nosotros no podemos evitar sentir frustración cuando pensamos en todas las cosas que jamás vamos a saber, en todas las respuestas que nunca conoceremos. Creo que el ser humano siempre ha querido conocer más, y ser consciente de que hay cosas irresolubles (al menos a nuestra escala de tiempo), es un fastidio.

Sin embargo, muchos de nosotros (me incluyo en ambos casos porque soy polifacética) podemos aprovecharnos de esos vacíos de conocimiento Sí, amigos, porque lo que se sabe, se sabe, y lo que no, se inventa.

¿A qué me refiero con esto?

Pues a que lo desconocido ofrece mucho espacio para especular y para inventar. Sobre las cosas conocidas no se puede especular: la forma de transmitir la información genética de una generación a otra de seres terrestres no es debatible, es el ADN y punto. Pero sí puedes inventarte una nueva especie que transmita el material genético con, yo que sé, cadenas de silicona. Nadie ha comprobado que eso exista, pero tampoco se ha demostrado que eso jamás pueda funcionar. Como mucho, puede haber hipótesis a favor o en contra, pero nada más que eso, hipótesis, no hechos contrastados.

Cuando escribes ficción, tienes una base en la que apoyarte (lo que se conoce) y luego espacio para construir a tu gusto (lo que no). Ponerte a modificar a tu gusto la base que se conoce puede tener consecuencias nefastas: no te olvides de que tú no eres el único que conoce esa realidad, tus lectores también y pueden sentirse engañados.

¿Cómo te sentaría a ti que un autor decidiera acercar Marte a la Tierra unos cuantos miles de kilómetros por exigencias del guión? Porque a mí me fastidiaría mucho que se pasara por el forro los hechos. ¡Que hubiera buscado otra solución!

La cosa cambia si decide meter una raza extraterrestre que se comunican exclusivamente mediante señales químicas, porque nadie ha dicho todavía que eso no puede existir. De hecho, posiblemente pueda. No saberlo es la clave.

Como digo yo siempre, una de las claves para mantener al lector interesado es la suspensión de la incredulidad, conseguir que se crea aquello de lo que hablas. Por supuesto, esto es muy complicado, por no decir imposible, si te cargas todas las leyes de la ciencia. O incluso si te cargas unas poquitas.

Y claro, si las leyes de la ciencia que se conocen son pocas, tienes mucho más margen. Si lo pensáis, las cosas que escribía Julio Verne nos pueden parecer ahora descabelladas, pero es que alrededor de 1860 se conocía tan solo una fracción de lo que se conoce ahora. Cuando en 1864, Julio Verne describió una excursión por las enormes cavernas del interior de la Tierra, no había nadie que pudiera decirle que en realidad el planeta está lleno de roca y metales fundidos (en 1936, Inge Lehman descubrió que el planeta no es una bola de roca tal cual sino que tiene diferentes capas, algunas de ellas fundidas debido a la altísima temperatura).

El caso es que si Julio Verne hubiera publicado hoy su novela, seguramente no habría tenido ni un cuarto de su éxito. ¿Viajar al centro de la Tierra?¡Pero si no se puede!¿Qué tontería es esa?



Otro ejemplo: una novela de ciencia ficción donde unos pequeños aliens verdes viven en la superficie de la Luna no tendría ni pies ni cabeza. ¡Pero si nosotros vemos la superficie de la Luna con telescopios!¡Si hemos estado allí y no había aliens! Pero si en vez de vivir en la Luna, estos aliens viven en un planeta de otra galaxia, son una Civilización Tipo II y nos visitan, eso es harina de otro costal. Podría ocurrir.

Creo que no merece la pena seguir dando más vueltas a lo mismo cuando vosotros, mis queridos lectores, sois gente espabilada que habéis captado perfectamente el mensaje.

Con lo que quiero que os quedéis es con que cada vez que en una entrada del blog digo que "X cosa no se sabe", no tenéis que quedaros con cara de decepción. Tenéis que ver ahí una oportunidad, algo sobre lo que especular y sobre lo que poder crear vuestra propia historia.

De las cosas que se conocen no podéis (o no debéis) saliros, pero todo lo demás puede ser vuestro campo de juegos, vuestro material. Cuando descubráis una pregunta sin respuesta, no la dejéis escapar, porque puede dar mucho más juego. Preguntaos "¿Qué pasaría si...?", dad vuestra propia respuesta y cread una historia.

Y para terminar, os dejo una frase de Pat Rothfuss, una de las que más me gustan de sus libros (y mira que hay muchas):
Las preguntas que no podemos contestar son las que más nos enseñan. Nos enseñan a pensar. Si le das a alguien una respuesta, lo único que obtiene es cierta información. Pero si le das una pregunta, él buscará sus propias respuestas."... Así, cuanto más difícil es la pregunta, más difícil la búsqueda. Cuanto más difícil es la búsqueda, más aprendemos...


Y hasta aquí la entrada de hoy. Un poco distinto a lo que os tengo acostumbrados, pero igualmente espero que os haya gustado u os haya servido para algo. Si lo habéis disfrutado, no olvidéis compartir en las redes ni dejarme un comentario (estaré encantada de leer opiniones de todo tipo). Y si os sentís generosos, también podéis invitarme a un cafecillo virtual. ¡Hasta el próximo domingo!





Raquel Alonso Román

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